Un deseo

No soy supersticiosa. Nunca espero que un sapo se convierta en príncipe, porque en general creo que los sapos son más interesantes que los príncipes. Quiero creer que no soy la típica turista que tira una moneda en la fuente de deseos o da tres saltos sobre una baldosa porque trae suerte. Sin embargo, hace un par de Nocheviejas o tres -no se cómo ni con qué pretexto- terminamos con una amiga en Estambul, más exactamente en Santa Sofia -Aya Sofia, la casa de la sabiduría divina-, justo enfrente de una cola de turistas. Todos esperaban apoyar la mano en una columna con un agujero ridículo para, según la tradición, introducir un dedo en su interior haciendo girar la mano 360 grados mientras pedían un deseo. Íbamos a pasar completamente del asunto pero -ah, el humano instinto adquirido de la obediencia- de repente nos vimos formando la cola.

Fue todo muy rápido, enseguida llegó mi turno, metí el dedo, giré la mano y salí, pensando en lo próximo que quería hacer: volver al hamman. Mi amiga me preguntó qué deseo había pedido.

Me di cuenta de que con las prisas había seguido todo el ritual pero en realidad no había pedido nada. Y no es que no tuviera deseo/s, sino que en mis estrenados treintis estaba donde quería estar. En Estambul, sí, pero además viviendo en Madrid, la ciudad que había elegido, con quien yo había elegido, y trabajando en lo que me apasionaba: la gestión de artes escénicas. Había tomado la decisión de asumir mi desorden de personalidad múltiple y canalizarlo siendo freelance: es maravilloso reinventarte con cada nuevo trabajo. Entonces cada nuevo deseo deviene al ir cumpliendo otro más.

Tardé un poco más en poder encontrar la manera de compartir mis puntos de vista sobre lo que veía y disfrutaba desde este nuevo horizonte de posibilidades (otra característica humana: la necesidad de amplificación). La encontré en Twitter, pero soy argentina, y 140 caracteres se me quedan cortos. Por eso, y porque siempre voy al revés, ahora que esto de las bitácoras personales ya está muy visto y hasta los periódicos buscan excusas para cancelarlas, yo me hago un rinconcito para contar el teatro que veo.

Sepan disculpar si a veces exagero un poco o si se me escapan palabras que aquí ya no se usan, no es deformación profesional sino denominación de origen. Apaguen sus teléfonos móviles y disfruten del espectáculo.

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About teatrorama

Verónica Doynel. Gestora cultural, programadora y productora de artes escénicas, cineseriéfila y lectora voraz. Cultivo la autoficción (autoayuda onanista + ciencia-ficción no futurista), con un toque de ironía. Puro teatro, vamos. En algún punto, tomando la acepción japonesa de "crisis" como peligro/oportunidad, asumí mi desorden de personalidad múltiple y me hice freelance. Ah, el discreto encanto de la autonomía. Como me falta tiempo, escribo. O lo intento. Soy porteña en Madrid. O lo intento. PD: Miembro fundadora del grupo #Tuiteatreros, integrado por espectadores entusiastas que comparten sus impresiones vía Twitter.
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