Hoy en “El empleado del mes”: Charo López

Susana Giménez, la diva argentina de los teléfonos, en su eterno programa Hola Susana (no es mera coincidencia: estaba hecho a imagen y semejanza del Pronto Rafaella), solía tener en su mesa un portarretratos en el que cada semana ponía la foto de una personalidad destacada. Yo espero nunca parecerme a Su -eso se lo dejo a nuestras madres-, pero lo de destacar una especial labor de alguien me parece una gran excusa para valorar un trabajo particular en casos en que quizás el espectáculo en sí no resulta necesariamente tan atractivo.

Es lo que me ocurre con otra diva, Charo López, quién, para mí, con su trabajo en Carcajada salvaje se ha ganado el título de Empleada del mes. Como me impone mucho respeto, no hablaré del tremendo historial que esta gran señora de la escena tiene. Los mayorcitos ya recordarán su espectacular rostro, su mirada profunda, su belleza casi maldita, casi perversa. Y los más jóvenes deberíamos ponernos a ver algunas de sus pelis de los 80´s, esas que la convirtieron en la actriz intelectual por excelencia del cine español, pero que al mismo tiempo le permitieron interpretar los personajes más rompedores.

Pues bien, debo reconocer que fui sin mucho entusiasmo a la función en el Teatro Bellas Artes. Me habían hablado bien del texto del norteamericano Christopher Durang y me auguraron que me sorprendería especialmente con Javier Gurruchaga quien -según lo que leía- estaba muy contenido, lejos de su histrionismo habitual; pero para mí la obra carecía de interés dramático o estético. Y entonces, salió ella y el escenario vacío se pobló de imágenes.

Charo López llena todo con su voz honda y llena de matices y una presencia escénica imponente. Hace suyo un texto lúcido, divertido y cínico, y a pesar de que su neurótica podría parecernos culturalmente lejana, es muy fácil identificarse con ella. Y por eso es interesante su trabajo, por las asociaciones que nos despierta, porque aunque nos de vergüenza nos reconocemos en nuestras pequeñas neurosis y vemos que ese absurdo extremo no está tan lejano de nuestra locura cotidiana. Menos interesante y más obvia es la parte de Gurruchaga (y por las dudas, él se encarga de sobreactuar todo lo que haga falta, morcillas incluidas), y el final tampoco está logrado. Sin embargo, la carcajada salvaje que resuena es la de ella. Siempre creí que en un escenario era más difícil reír que llorar: la memoria emotiva y otros recursos pueden ayudar al actor a conectar con su emotividad, pero la carcajada limpia, con ganas, esa que contagia de verdad, esa es muy difícil de lograr. Y la gran Charo López la tiene.

Pueden leer entera la entrevista que le hicieron en TVE a propósito de la reposición de Los gozos y las sombras (1981), magistral serie inspirada en la trilogía de Gonzalo Torrente Ballester, dirigida por Rafael Moreno Alba, pero os dejo una pildorita:

Lo que recuerdo con más cariño es que en los ensayos el director me decía “haz esto así y así”, y yo le decía “¿por qué no hacemos esto otro?” y él respondía “¡no!”. Y entonces Torrente Ballester venía y me decía al oído “hazlo como tú has dicho”.

Es muy probable que aún hoy la salmantina siga jugando a lo mismo: a hacerlo como ella quiere. Debe ser curioso para una actriz volver a interpretar un texto 20 años después, pero evidentemente la López (al igual que hizo con Tengamos el sexo en paz de Dario Fo y Franca Rame) gusta de repetir en los personajes que le sientan bien. Y la respiración de esta misántropa le sienta de maravillas.

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Nota mental

En la televisión pública argentina, ATC, los viernes a la noche había un programa de cine, Función privada, presentado por Carlos Morelli y Rómulo Berruti (un dúo a la altura de los viejitos críticos de Los Muppets), en el que solían pasar películas “de autor”. Era la época del destape español, y yo, quizás por el adjetivo del título, pensaba que todas las pelis que venían de ahí eran películas “para grandes”, es decir, eróticas. Cinéfila y curiosa desde la cuna, yo intentaba hacerme más chiquitita aún para pasar desapercibida y que mis padres no me echaran del cuarto cuando empezaba la peli. Mi padre era particularmente adepto a esa actriz morena, de boca grande. Afianzada en mi complejo de Electra, cuando tenía la suerte de que me dejaran ver alguna en la que salía ella, trataba de aprender cada gesto, de imitar la cadencia de su ibérico acento. Ahora la he visto en un escenario, y muchos años más tarde he comprobado lo que ya sospechaba: que ese brillo no se puede aprender.

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About teatrorama

Verónica Doynel. Gestora cultural, programadora y productora de artes escénicas, cineseriéfila y lectora voraz. Cultivo la autoficción (autoayuda onanista + ciencia-ficción no futurista), con un toque de ironía. Puro teatro, vamos. En algún punto, tomando la acepción japonesa de "crisis" como peligro/oportunidad, asumí mi desorden de personalidad múltiple y me hice freelance. Ah, el discreto encanto de la autonomía. Como me falta tiempo, escribo. O lo intento. Soy porteña en Madrid. O lo intento. PD: Miembro fundadora del grupo #Tuiteatreros, integrado por espectadores entusiastas que comparten sus impresiones vía Twitter.

Caleidoscopio

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