Kidults: “Fuerza bruta”, o la levedad

Cuando terminó la función de Fuerza Bruta en mi adorado Circo Price pensé en el peterpanismo, los adultescentes, la emerging adulthood… todos esos neologismos que se inventan los psicólogos postmodernos para referirse a esa nueva etapa vital que atraviesan muchas personas entre los dieciocho y los treinta y tantos, que retrasan los supuestos hitos del ingreso a la adultez para recrearse en la experimentación (social, laboral, existencial) asociada a la adolescencia o la primera juventud.

Este espectáculo -dirigido por Diqui James- fue estrenado en Buenos Aires en 2005, y desde entonces viene sorprendiendo a públicos de ciudades como Londres, Berlín, Amsterdam o Nueva York, donde aún se siguen presentando con su “teatro aéreo”. Prometen un ataque a los sentidos pero advierten de que no se espere una narrativa al uso. Y sin embargo, es evidente que ese atisbo de dramaturgia de las primeras y potentes imágenes (ese hombre alienado que corre, que cae, la camisa que se quita una y otra vez, las mesas, las sillas, los cuerpos que se deslizan y chocan y siguen pasando como en una cinta de Moebius) podría crecer, ir más allá, estallar de verdad para despertar esa pretendida operación sobre la sensibilidad del espectador. Pero se queda en la superficie, y esa aparente metáfora de la violencia urbana o de la crueldad de la experiencia cotidiana se olvida rápidamente para pasar al siguiente estímulo.

El árbol genealógico cuenta que Fuerza Bruta desciende del grupo De La Guarda (fundado en 1992 por el propio Diqui James junto a Pichón Baldinú), pero se remonta a La organización negra (1986-1992), hijos a su vez de los catalanes La Fura dels Baus, cuyos espectáculos dejaron una huella imborrable en la escena porteña de los 80´s y 90´s. Si algún asistente a Villa Villa (1995, primer espectáculo de De La Guarda), podía llegar incluso a acompañar en el vuelo a los artistas que colgaban en arneses de la carpa del Centro Cultural Recoleta, lo máximo que podrá conseguir aquí un predispuesto espectador es que le partan corcho blanco en la cabeza.

Su creador, Diqui James, postulaba que en Fuerza Bruta

La sorpresa no es un efecto, es un estado constante y necesario para la efectividad de la obra. Para modificar profundamente la realidad del espectador. Su realidad. El espectador esta dentro de una realidad extraordinaria. No esta emocionalmente a salvo en ningún momento de la obra.

Y claro que hay imágenes impactantes y bellas que sorprenden, y que a todos nos gustaría nadar en ese cielo-piscina poblado de ninfas buceadoras. Pero -aunque intentemos entregarnos a ese pacto básico para la ceremonia teatral que es la suspensión de la incredulidad-, la saturación, repetición y la aleatoriedad de las propias imágenes y presuntas provocaciones nos juega en contra y éstas no sorprenden. Es curioso que el espectáculo lleve rodando desde 2005 y que no esté más pulido en esa contundencia poética que asoma por momentos (al comienzo o en las huellas acuáticas de la bailarina…) pero que no se condensa ni en el impreciso final. Por ejemplo, la danza vertical sobre el envolvente telón plateado no tiene la fuerza ni la complejidad coreográfica de escenas similares de Villa Villa. Y es curioso porque el potencial está: en el talento y la energía de su equipo, tanto de los maravillosos intérpretes (venidos del teatro, la danza, la acrobacia o el alpinismo) como del equipo artístico responsable de la música, el espacio, las luces, el vestuario.

Mi sensación fue que la compañía en sí estaba atrapada en la “adultescencia”. “Nos quieren hacer creer que crecieron, pero no“, pensé cuando salí. También puede ser que -después de tanta Fura y De La Guarda, tanta performance y tanto teatro físico- yo me haya vuelto más escéptica y ya no quiera jugar a ser kidult. Juro que si un espectáculo me atrapa, puedo ser la espectadora más entregada, pero al fin y al cabo, como dice Peter Brook en sus Provocaciones,

Si una obra confirma todo aquello en lo que ya creíamos, no nos sirve para nada. Salvo que nos confirme la verdadera fe de que el teatro puede ayudarnos a ver más allá.

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Nota mental

A pesar de que el maestro Sabina nos previene en su hermosísima Peces de ciudad, los simples mortales insistimos en volver al lugar donde hemos sido felices. No sé si fue por la voracidad con la que me consagraba a disfrutar del teatro en aquellos años o porque era nuestra primera vez, pero puedo decir que en esa flamante carpa del Recoleta en la que descubrimos “Villa Villa” sí viví una celebración, un ritual profano en el que tampoco había historia, pero en el que algo intenso estaba ocurriendo, con una forma nueva, con una música nueva (genial Gaby Kerpel), con una conexión nueva entre artista y público. Pero claro, eso fue hace más de 15 años. Aún así, me acuerdo de que habité mágicamente la alegría infantil de estar debajo de la piñata de cumpleaños, esperando la lluvia de juguetitos. Recuerdo claramente que no fue una sensación de añoranza, de nostalgia temprana, sino de un gozo esencial. Quizás a los espectadores veinteañeros de “Fuerza Bruta” les pasó lo mismo, no lo sé. Tal vez deberíamos poder conservar la capacidad de ser sorprendidos…, pero –Borges dixit– “acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético”.

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About teatrorama

Verónica Doynel. Gestora cultural, programadora y productora de artes escénicas, cineseriéfila y lectora voraz. Cultivo la autoficción (autoayuda onanista + ciencia-ficción no futurista), con un toque de ironía. Puro teatro, vamos. En algún punto, tomando la acepción japonesa de "crisis" como peligro/oportunidad, asumí mi desorden de personalidad múltiple y me hice freelance. Ah, el discreto encanto de la autonomía. Como me falta tiempo, escribo. O lo intento. Soy porteña en Madrid. O lo intento. PD: Miembro fundadora del grupo #Tuiteatreros, integrado por espectadores entusiastas que comparten sus impresiones vía Twitter.

One response to “Kidults: “Fuerza bruta”, o la levedad”

  1. bo pip says :

    Chapeau!!!, querida.

Caleidoscopio

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