Serenata para la tierra de uno (Por fin, “Los ojos”)

Han pasado demasiado días desde que vi Los ojos y no ha sido sino hasta hoy cuando he podido atreverme a intentar decir algo sobre lo que pasa sobre esa tierra, la tierra de Pablo Messiez y sus maravillosos actores, la tierra mía, la tuya.
Un amable lector de este incipiente blog me reclamaba “espero tus notas mentales al final de cada post“. Pues bien, esto no podrá ser otra cosa más que una extensa nota mental. Así de íntimo, así de intenso y profundo es como penetra el teatro de Messiez.

“La” Orazi (foto Javier Naval)


Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy, cantaba María Elena (Lena que no Nela) en su desgarrada Serenata. No quisiera ser obsecuente con la temática de la identidad argentina, pero es desde ahí desde donde vivo mi vida madrileña llena de contradicciones, desde esas vivencias de ser al mismo tiempo de acá y de allá. Creerán que por eso es que me puede haber atravesado tan hondo este espectáculo, pero no (o no sólo). Todos hemos vivido el desarraigo en algún momento de nuestras vidas. El desamor en algún momento de nuestros miedos. La inseguridad en algún momento del vértigo. Lo que ocurre es que no todos tenemos la lucidez que tiene este joven director para presentarlo en palabras, en armonías, en texturas visuales, inventando un nuevo realismo poético que nada tiene que ver con el francés.

Lo primero que me impactó del montaje fue el humor inclemente, ácido y sin tregua. No es que el autor no hubiera trabajado el humor en sus obras anteriores, sino que esta vez cada diálogo tenía un ingenio oscuro, una comicidad despiadada. Sin embargo al rato, sin darte cuenta cómo, estás llorando. Aunque te seguís riendo bajito. Pero no; creo que antes me impactó la ceguera de Oscar Velado (confieso que en Muda no me había enloquecido, pero esta vez su trabajo es exquisito). Aunque tal vez, lo primero fue entrar a la sala y ver a los actores jugar en ese suelo de tierra alla Bausch, preparándose para ofrecernos su propia consagración, su sacrificio.

La que consuma el sacrificio (en realidad la inmolación) es la musa de Pablo: Fernanda Orazi. Ella tiene, como Ricardo Darín, el don de la puteada en argentino. Al público español le fascina escuchar decir tacos con acento argentino, incluso si lo que le pasa al personaje es terrible. Pero es que la Orazi, además de esa gracia irresistible y una carcajada implacable, tiene una fuerza escénica tremendamente conmovedora, una apasionada capacidad de vaciarse frente a nuestros ojos y golpear directamente en nuestro pecho apretado dejándonos casi sin respirar. “Vas a llorar dolor licuado“, le vaticina al amor que la ha abandonado en ese diálogo telefónico sin respuesta, en el que recuerda a la enorme Ana Magnani en La voz humana.

[Excursus: Aun a riesgo de que me acusen de obsesiva, juraría que es el teléfono que usaban en Muda]

Pero Pablo tiene una segunda musa: Marianela Pensado (con su delicioso acento tucumano y tomando revancha de su tortuoso silencio de Muda) se va creciendo con cada paso que da -que corre- sobre ese suelo rural. Su Nela nos contagia primero entusiasmo y luego desesperación y, aun siendo escépticos sobre el futuro de la relación con su novio, en el fondo apostamos porque él se quede con ella aunque recupere la visión. Violeta Pérez se enfrenta con su Chabuca Granda (¡qué dulce atrevimiento ponerle ese nombre a un personaje!) a la difícil tarea de sumergir a estos personajes en la realidad, pero desde escenas y motivaciones oníricas. La secuencia en la que des-vela a Velado destila teatralidad y belleza.

Todos estos “fragmentos de un discurso doloroso” se articulan bajo la mirada inteligente y sensible, rebosante de instinto teatral, de Pablo Messiez. Creo que de las tres obras de su autoría que he visto (Muda, Ahora, Los ojos), esta es la que tiene el texto más “suyo”. La Marianela de Galdós es sólo la excusa de la que parte el director y dramaturgo para seguir asumiendo riesgos y entregarnos su poética y cruda visión de lo cotidiano en esto que él mismo denomina “melodrama telúrico“.

Este año he visto algunos (tampoco tantos) trabajos teatrales que me han interesado por su propuesta dramática o su texto brillante, otros que me han gustado por una composición destacada que hiciera algún actor o actriz, y otros que me fascinaron por su resolución escénica. He visto obras buenas y también muy buenas, como diría una amiga, pero sólo una absolutamente excepcional, una que -a la manera que pide Peter Brook- me hizo perder el equilibrio, me con-movió, me enseñó a ver más allá.

En estos tiempos tan difíciles en los que hasta para las compañías consagradas es casi una misión imposible producir nuevos montajes o salir de gira, se agradecen milagros como este que ocurre cada noche hasta el 18 de diciembre en la Sala II del Teatro Fernán Gómez.

Ah. Un saludito para la acomodadora que, un rato después de terminada la función, vio que yo seguía llorando y se ofreció gentilmente a traerme un vaso de agua. No se preocupe, estoy bien, lo único que necesitaba en ese momento no era agua sino un poquito de tierra.

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Nota mental adentro de la nota mental

Cuando me vine a vivir este país tenía, como la Teresa de “La insoportable levedad del ser“, toda mi vida en una maleta, grande y pesada, para emprender mi excursión. Diez mil kilómetros después, la abrí y lo primero que coloqué fueron los tres libros que me había traído. Uno era “Fragmentos de un discurso amoroso“, de Barthes. Supongo que esperaba que me acompañara en mi travesía sentimental. Los primeros años extrañaba mucho mi biblioteca personal, que estaba en Buenos Aires distribuida en cajas perfectamente ordenadas pero lejanas. Pensaba que el hogar de uno estaba donde están tus libros. Más tarde, tuve la certeza de que, como dice Natalia en “Los ojos”, tu lugar está donde está alguien que te quiera. Y ahora creo que en mi aprendizaje emocional, le debo más al teatro de Messiez que a los libros del semiólogo francés.

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About teatrorama

Verónica Doynel. Gestora cultural, programadora y productora de artes escénicas, cineseriéfila y lectora voraz. Cultivo la autoficción (autoayuda onanista + ciencia-ficción no futurista), con un toque de ironía. Puro teatro, vamos. En algún punto, tomando la acepción japonesa de "crisis" como peligro/oportunidad, asumí mi desorden de personalidad múltiple y me hice freelance. Ah, el discreto encanto de la autonomía. Como me falta tiempo, escribo. O lo intento. Soy porteña en Madrid. O lo intento. PD: Miembro fundadora del grupo #Tuiteatreros, integrado por espectadores entusiastas que comparten sus impresiones vía Twitter.

10 responses to “Serenata para la tierra de uno (Por fin, “Los ojos”)”

  1. barrylindon2 says :

    Precioso y conmovedor artículo. No he visto la obra ya que el anterior trabajo de Messiez “Muda” no me convenció. Tal vez no logré captar la poesía de su obra. Pero después de leerte y de oír los comentarios elogiosos de una amiga tuya te prometo que iré a ver lo próximo de este autor. Si no voy a ver esta obra después de leer tu hermosa crítica es por problemas de fechas.

  2. teatrorama says :

    Gracias… Que conste que el resto de comentarios elogiosos provienen de españoles, eh, no es cuestión de ser argentino. Todos nos sentimos extranjeros en algún momento, no? Ojalá prorrogaran para que más gente pueda disfrutarla.

  3. Pablo Messiez says :

    Gracias por tu emotiva mirada sobre nuestros ojos. (Y sí, que no te acusen de obsesiva, que el teléfono es el mismo que usábamos en MUDA). Un abrazo y gracias por decir cosas tan bonitas de una manera tan bella.

  4. teatrorama says :

    Jiji lo sabía!!! Por muchas funciones más, brindo a tu salud

  5. julia pugliese says :

    deliciosa nota,tan atractiva que quisiera verla ya!!es una pena decir esto…pero estoy en Paris!

  6. S de C says :

    Voy al teatro a ver si ocurre. No es la única razón, pero es una buena razón para mí. Es un instante, o unos minutos, al final, cuando te sientes tan agradecido por lo que te han regalado y aplaudes y eso. Se me contagia la entrega de los que se ponen en pie, la laxitud feliz de los actores que descubren al público, y me voy a casa tan contento.
    Pero así así ocurre en contadas ocasiones. En Los Ojos sí pasa. Yo no lloré porque soy muy pudoroso, y no tenía ni kleenex ni nada, pero te entiendo. Por eso, de lo que has contado, lo que más me ha llegado ha sido ese momento.
    La he visto. Dos veces. La tercera llevaré un encendedor para ofrecérselo a Fernanda Oraci antes de que encienda el último pucho.

  7. teatrorama says :

    S de C, seguro que en la tercera sigues descubriendo cosas. Y cuando le enciendas el pucho a La Orazi mírala a los ojos y ella entenderá que, aunque no estés llorando, hay algo de lo que ha hecho que te ha llegado. Gracias por escribir.

  8. teatrorama says :

    Julia: Sería maravilloso que Pablo pudiera llevar sus espectáculos a Buenos Aires, estoy segura de que te gustarían…

  9. Nellie says :

    “Voy al teatro a ver si ocurre” dice Sde C. Sigo a Messiez desde Buenos Aires. El teatro ocurre cuando actúa y ocurre cuando escribe. Estoy emocionada por todo lo que leo de este éxito. Cierro mis ojos e imagino esos. Aplaudo de pie, Pablo!

  10. riqui says :

    Que buen artículo Vero! tuve la suerte de verla anoche y todavia me tiemblan las piernas, realmente me ha dejado desequilibrado…impresionante trabajo y entrega de todos los actores y la Orazi me ha dejado completamente desarmado, reí muchísimo , me encanta ese humor tan inteligente, esas frases tan bien armadas , aunque luego se te transforme la carcajada en una mueca dolorosa y líquida……ay (que es lo que duele?)

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