La ceremonia (Viaje al Teatro de La Abadía)

La palabra “teatro” se usa tanto para definir el género dramático, o el conjunto de todas las producciones dramáticas de un pueblo, de una época o de un autor, como también para referirse al edificio, el sitio destinado a las representaciones de espectáculos. Pero ¿qué participación, qué responsabilidad en el desarrollo del rito teatral en sí tiene el edificio teatral donde se representa?

En el caso del Teatro de La Abadía, mucha. Si en este Teatrorama alguna vez se dedican palabras para un artista con una labor especialmente destacada, esta vez me gustaría reconocer el trabajo de todo el equipo que lleva el Teatro de la Abadía, que ayer ha cumplido 17 años.

No soy creyente, pero, como diría, Eugenio Barba, las imágenes de la “cultura de la fe” contienen todas un “instante de verdad, cuando los opuestos se abrazan“. Entonces, mi única fe, mi pasión, es el teatro, y creo que en los escenarios de La Abadía la liturgia alcanza dimensiones prodigiosas. La mágica sede de este teatro es la antigua iglesia de la Sagrada Familia. Las dos salas permiten una proximidad entre los artistas y el público, lo que genera una intimidad y una intensidad con la que los parroquianos disfrutan del “placer inteligente” de esta ceremonia teatral.

El sacerdote de este templo es el actor y director andaluz José Luis Gómez, que ha sabido hábilmente aplicar su filosofía artística a la estrategia de gestión de este espacio. Hace unos días hemos tenido la alegre noticia de que, siguiendo los pasos de Fernán Gómez, José Luis llevará la voz de la interpretación teatral a la Real Academia Española.

La Abadía se define como una “casa de de teatro y estudios que aspira a incidir en la vida social y cultural a través de la poesía de la escena”. Sus labores conjugan tanto la creación como la exhibición de espectáculos con búsqueda artística mediante talleres y encuentros, todo ello guiado por la “pasión por la palabra y el equilibrio psicofíco“, en la tradición de los teatros de arte europeos. Impulsa puestas en escena propias, proyectos con jóvenes creadores que experimentan nuevas formas de trabajo (no perderse la inquietante Grooming, del joven dramaturgo Paco Bezerra, actualmente en cartel), y también laboratorios de investigación y clases magistrales. Además, este espacio es un ejemplo exitoso de modelo de organización cultural con financiación pública y gestión privada.

No me extenderé sobre la programación: hay innumerables espectáculos que dan cuenta de esta combinación de calidad y riesgo que caracteriza las producciones que suelen ocupar estos escenarios (aquí pudimos seguir los fascinantes estrenos de algunos de los últimos creadores que están revolucionando la escena española, como los kamikazes Veraneantes de Miguel del Arco que han arrasado con las nominaciones a los Premios Max, o Alfredo Sanzol y su más reciente En la luna, un espectáculo que si pasara al circuito privado podría convertirse en El florido pensil de esta década; o incluso montajes extranjeros, como la maravillosa Estado de ira, del argentino Ciro Zórzoli, en el marco del último Festival de Otoño en Primavera).

En lo que sí me detendré es en la relación que generan con su(s) público(s). La mayoría de los teatros madrileños carecen de departamento de desarrollo de audiencias. Para los que creen que aquello consiste únicamente en ofrecer promociones de entradas, la Abadía es un claro ejemplo de las posibilidades de esta tarea fundamental para cualquier espacio escénico: la creación de audiencias y la fidelización de públicos. La Abadía no sólo es muy activa en redes sociales, sino que habitualmente elabora blogs o videoblogs sobre sus montajes más potentes, en los que los espectadores curiosos pueden encontrar material inédito sobre los espectáculos y el “detrás de escena”, entrevistas con los artistas y hacer un seguimiento del proceso de creación. La última gran iniciativa en esta dirección ha sido el taller de Espectadores en Acción, capitaneado por una actriz “de la casa”, Lidia Otón, y dirigido a amantes de la escena pero sin experiencia en las tablas, que quieren conocer qué se siente en un escenario: poner el cuerpo, la voz, la piel a un personaje.

Y un último detalle: el personal de sala. En un teatro, los acomodadores y taquilleros son los responsables del primer contacto con el público. Por eso, es fundamental que estén implicados en el proyecto del teatro. En el caso de La Abadía esto se siente desde el comienzo. Si les haces alguna pregunta sobre el próximo estreno, te responderán con pasión, quizás porque se sienten parte del proyecto. Tal vez la persona que te corte la entrada sea la dulce Laura, que hasta tiene experiencia en la dirección teatral, o puede que el que te acompañe a tu asiento sea Emilio, que también es actor. El año pasado tuve oportunidad de organizar una actividad en la sala pequeña, un encuentro entre el público y una compañía de danza de Israel. Suele haber un momento cuando se abre el encuentro a las preguntas en que, aunque todos se mueran por preguntar, se quedan mudos, a la espera de que alguien rompa el hielo. Pues alguien levantó la mano y con voz firme y en perfecto inglés hizo una pregunta muy interesante. Era Emilio, uno de los chicos de sala. A partir de ahí todo fluyó.

Por todo esto, y por muchas iluminaciones escénicas más, feliz cumpleaños a todos esos sacerdotes paganos que cada día reinventan la ceremonia teatral en La Abadía.

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Nota mental (y onírica)

Traspasas la reja y se inicia el ritual… Atravesarás el patio, un jardín en pleno barrio de Chamberí, huele bien… Seguramente te cruzarás con alguna cara amiga, algún otro teatrero que acude al culto… Increíblemente no habrá ruidos de coches, sólo el murmullo del público que apura hasta último momento para entrar a la Capilla. Te invitarán un té en el ambigú. Se hará la hora. Entregarás las entradas, un chico sonriente te acompañará a tu butaca, te dará el programa, intentarás leer las palabras del director justo antes de que se apague la luz. Levantarás la cabeza y mirarás una vez más la cúpula que hace mágico ese espacio. La jefa de sala hará sonar esa campanilla que tanto te gusta. Y comenzará la función.

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About teatrorama

Verónica Doynel. Gestora cultural, programadora y productora de artes escénicas, cineseriéfila y lectora voraz. Cultivo la autoficción (autoayuda onanista + ciencia-ficción no futurista), con un toque de ironía. Puro teatro, vamos. En algún punto, tomando la acepción japonesa de "crisis" como peligro/oportunidad, asumí mi desorden de personalidad múltiple y me hice freelance. Ah, el discreto encanto de la autonomía. Como me falta tiempo, escribo. O lo intento. Soy porteña en Madrid. O lo intento. PD: Miembro fundadora del grupo #Tuiteatreros, integrado por espectadores entusiastas que comparten sus impresiones vía Twitter.

2 responses to “La ceremonia (Viaje al Teatro de La Abadía)”

  1. barrylindon2 says :

    Has sabido explicar muy bien la liturgia del acceso a un espectáculo de teatro. Mis amigos y familia me suelen decir que por qué llego con tanta antelación al teatro. Pues porque me gusta impregnarme de todo lo concerniente al espectáculo. No entiendo la gente que llega y se sienta unos segundos antes de que empiece la obra. Creo que no podrán disfrutarla del todo.

  2. Emilio J. Rivas says :

    Es justo que, aunque tarde, te llegue un extracto de las reflexiones que me surgieron tras leer tu artículo:
    Pues la verdad es que se agradece mucho el saber que alguien está siendo consciente del cuidado, el tacto… en fin, el cariño que desde fuera del escenario le damos los colaboradores externos a “aquello” que sucede allí. A uno le brillan los ojos mirando el escenario, ahí, al lado de la grada, un día tras otro… porque el personal de sala es un cuerpo extraño que, desde un lugar secundario, intenta poner las mejores condiciones de cara a disfrutar la escena.
    Que siga así y… ¿Me permite ver su entrada? Por aquí, ¿me acompañan? Estas son sus butacas… el programa de la función… y le entregamos un cuestionario por si fueran tan amables. Gracias. Que disfruten.

    Emilio

Caleidoscopio

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