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“Los Divinos” es amor (Ara Malikian en los Teatros del Canal)

Estos días he estado hablando con alguna gente acerca de opciones, salidas a la impotencia, a la apatía que lleva a las personas a quedarse impertérritas frente a la tele. No soy tan ingenua como para creer que el arte nos salvará (sobran en la historia ejemplos de las atrocidades que ha provocado la Ilustración), pero sé que desarrollar la sensibilidad, el espíritu crítico, la capacidad de disfrute son claves para plantarse en el mundo e intentar construir algo distinto. Y la mejor manera de lograr eso es incentivarlo desde la infancia, algo que procura desde hace años, con humor y virtuosismo, ese artista generoso y genial que es Ara Malikian.

Esta semana se estrenó en los Teatros del Canal Los Divinos, última iniciativa de Ara junto al tenor José Manuel Zapata bajo la dirección de Marisol Rozo. No, no fue necesario que alquilara un niñito como excusa para disfrutar de este espectáculo familiar: los mayores podemos maravillarnos ante él sin culpa, también está pensado para nosotros.

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La ceremonia (Viaje al Teatro de La Abadía)

La palabra «teatro» se usa tanto para definir el género dramático, o el conjunto de todas las producciones dramáticas de un pueblo, de una época o de un autor, como también para referirse al edificio, el sitio destinado a las representaciones de espectáculos. Pero ¿qué participación, qué responsabilidad en el desarrollo del rito teatral en sí tiene el edificio teatral donde se representa?

En el caso del Teatro de La Abadía, mucha. Si en este Teatrorama alguna vez se dedican palabras para un artista con una labor especialmente destacada, esta vez me gustaría reconocer el trabajo de todo el equipo que lleva el Teatro de la Abadía, que ayer ha cumplido 17 años.

No soy creyente, pero, como diría, Eugenio Barba, las imágenes de la «cultura de la fe» contienen todas un «instante de verdad, cuando los opuestos se abrazan«. Entonces, mi única fe, mi pasión, es el teatro, y creo que en los escenarios de La Abadía la liturgia alcanza dimensiones prodigiosas. La mágica sede de este teatro es la antigua iglesia de la Sagrada Familia. Las dos salas permiten una proximidad entre los artistas y el público, lo que genera una intimidad y una intensidad con la que los parroquianos disfrutan del «placer inteligente» de esta ceremonia teatral.

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Serenata para la tierra de uno (Por fin, «Los ojos»)

Han pasado demasiado días desde que vi Los ojos y no ha sido sino hasta hoy cuando he podido atreverme a intentar decir algo sobre lo que pasa sobre esa tierra, la tierra de Pablo Messiez y sus maravillosos actores, la tierra mía, la tuya.
Un amable lector de este incipiente blog me reclamaba «espero tus notas mentales al final de cada post«. Pues bien, esto no podrá ser otra cosa más que una extensa nota mental. Así de íntimo, así de intenso y profundo es como penetra el teatro de Messiez.

«La» Orazi (foto Javier Naval)

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Ahora/Antes: Esperando «Los ojos», melodrama telúrico

El próximo 16 de noviembre se estrena en la Sala Dos del Teatro Fernán Gómez, Los ojos (melodrama telúrico) de Pablo Messiez. Su autor y director la presenta como «una obra sobre la vista, la tierra y el amor, o la falta de cualquiera de las tres cosas«. Como no puedo aguantar hasta entonces y ardo en deseos de que los que aún no lo han hecho descubran a este maravilloso creador, dejo aquí algo que escribí cuando vi su anterior espectáculo, Ahora (Cosas que hacemos para no estar solos), que en el principio y allá lejos fue también Antes.

Es cierto, este teatrorama está plagado de referencias personales. Nunca pretendí hacer crítica (eso se lo dejo a otros que saben más) sino simplemente acercar mi mirada sobre la escena actual, y, si puedo, compartirla, y si quieren, contrastarla con la vuestra… Ahora, que estoy en Madrid y espero ansiosa mirar Los ojos, esto es lo que veo del teatro que veo…

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Veraneantes («La gaviota» vuela alto)

Todos los que alguna vez nos hemos dedicado al teatro soñamos con interpretar «un» Chejov. Y de entre todos ellos, puede que La Gaviota sea quizás el que más nos emociona a los teatreros, por la honda reflexión sobre el teatro y el arte que hay en esta obra del dramaturgo ruso. Hacer un Chejov puede ser la culminación de una carrera artística, por eso a vuelo de pájaro podría parecer una osadía por parte de un director tan joven como Rubén Ochandiano -conocido sobre todo por sus trabajos como actor cinematográfico- enfrentarse a este texto.

Allí estaba Rubén en la última función en el hall del Teatro Lara, en la primera fila, casi adentro de la escena, un poco alla Kantor. Miraba deslumbrado el hacer de sus criaturas, pero con cierta distancia, como pensando en si el engranaje funcionaría también esta noche. El demiurgo puede estar tranquilo: cuando todo fluye, como en esta Gaviota, entendemos por qué amamos el teatro.

La gran Toni Acosta y su Irina Nikolaiévna

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Kidults: «Fuerza bruta», o la levedad

Cuando terminó la función de Fuerza Bruta en mi adorado Circo Price pensé en el peterpanismo, los adultescentes, la emerging adulthood… todos esos neologismos que se inventan los psicólogos postmodernos para referirse a esa nueva etapa vital que atraviesan muchas personas entre los dieciocho y los treinta y tantos, que retrasan los supuestos hitos del ingreso a la adultez para recrearse en la experimentación (social, laboral, existencial) asociada a la adolescencia o la primera juventud.

Este espectáculo -dirigido por Diqui James- fue estrenado en Buenos Aires en 2005, y desde entonces viene sorprendiendo a públicos de ciudades como Londres, Berlín, Amsterdam o Nueva York, donde aún se siguen presentando con su «teatro aéreo». Prometen un ataque a los sentidos pero advierten de que no se espere una narrativa al uso. Y sin embargo, es evidente que ese atisbo de dramaturgia de las primeras y potentes imágenes (ese hombre alienado que corre, que cae, la camisa que se quita una y otra vez, las mesas, las sillas, los cuerpos que se deslizan y chocan y siguen pasando como en una cinta de Moebius) podría crecer, ir más allá, estallar de verdad para despertar esa pretendida operación sobre la sensibilidad del espectador. Pero se queda en la superficie, y esa aparente metáfora de la violencia urbana o de la crueldad de la experiencia cotidiana se olvida rápidamente para pasar al siguiente estímulo.

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Hoy en «El empleado del mes»: Charo López

Susana Giménez, la diva argentina de los teléfonos, en su eterno programa Hola Susana (no es mera coincidencia: estaba hecho a imagen y semejanza del Pronto Rafaella), solía tener en su mesa un portarretratos en el que cada semana ponía la foto de una personalidad destacada. Yo espero nunca parecerme a Su -eso se lo dejo a nuestras madres-, pero lo de destacar una especial labor de alguien me parece una gran excusa para valorar un trabajo particular en casos en que quizás el espectáculo en sí no resulta necesariamente tan atractivo.

Es lo que me ocurre con otra diva, Charo López, quién, para mí, con su trabajo en Carcajada salvaje se ha ganado el título de Empleada del mes. Como me impone mucho respeto, no hablaré del tremendo historial que esta gran señora de la escena tiene. Los mayorcitos ya recordarán su espectacular rostro, su mirada profunda, su belleza casi maldita, casi perversa. Y los más jóvenes deberíamos ponernos a ver algunas de sus pelis de los 80´s, esas que la convirtieron en la actriz intelectual por excelencia del cine español, pero que al mismo tiempo le permitieron interpretar los personajes más rompedores.

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«Pina»: Danzad, danzad o estaréis perdidos

¿Empezar un espacio sobre teatro hablando de una película sobre danza? Sí, es posible si la peli es Pina, de Wim Wenders, el hombre que nos regaló algunas de las imágenes cinematográficas más poéticas de los 80.

Es posible también porque Pina Bausch, en su pensamiento escénico y en su trabajo con la compañía Tanztheater de Wuppertal, siempre ha excedido el universo de la danza para fundirlo con el del teatro, pero negándose a definir si lo que hacía era una u otra cosa:

Es una cuestión que no me planteo jamás. Trato de hablar de la vida, de las personas, de nosotros; y hay cosas que no pueden decirse con una cierta tradición de danza; la realidad no puede siempre ser danzada: no sería eficaz ni creíble”.

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