Kidults: “Fuerza bruta”, o la levedad

Cuando terminó la función de Fuerza Bruta en mi adorado Circo Price pensé en el peterpanismo, los adultescentes, la emerging adulthood… todos esos neologismos que se inventan los psicólogos postmodernos para referirse a esa nueva etapa vital que atraviesan muchas personas entre los dieciocho y los treinta y tantos, que retrasan los supuestos hitos del ingreso a la adultez para recrearse en la experimentación (social, laboral, existencial) asociada a la adolescencia o la primera juventud.

Este espectáculo -dirigido por Diqui James- fue estrenado en Buenos Aires en 2005, y desde entonces viene sorprendiendo a públicos de ciudades como Londres, Berlín, Amsterdam o Nueva York, donde aún se siguen presentando con su “teatro aéreo”. Prometen un ataque a los sentidos pero advierten de que no se espere una narrativa al uso. Y sin embargo, es evidente que ese atisbo de dramaturgia de las primeras y potentes imágenes (ese hombre alienado que corre, que cae, la camisa que se quita una y otra vez, las mesas, las sillas, los cuerpos que se deslizan y chocan y siguen pasando como en una cinta de Moebius) podría crecer, ir más allá, estallar de verdad para despertar esa pretendida operación sobre la sensibilidad del espectador. Pero se queda en la superficie, y esa aparente metáfora de la violencia urbana o de la crueldad de la experiencia cotidiana se olvida rápidamente para pasar al siguiente estímulo.

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Hoy en “El empleado del mes”: Charo López

Susana Giménez, la diva argentina de los teléfonos, en su eterno programa Hola Susana (no es mera coincidencia: estaba hecho a imagen y semejanza del Pronto Rafaella), solía tener en su mesa un portarretratos en el que cada semana ponía la foto de una personalidad destacada. Yo espero nunca parecerme a Su -eso se lo dejo a nuestras madres-, pero lo de destacar una especial labor de alguien me parece una gran excusa para valorar un trabajo particular en casos en que quizás el espectáculo en sí no resulta necesariamente tan atractivo.

Es lo que me ocurre con otra diva, Charo López, quién, para mí, con su trabajo en Carcajada salvaje se ha ganado el título de Empleada del mes. Como me impone mucho respeto, no hablaré del tremendo historial que esta gran señora de la escena tiene. Los mayorcitos ya recordarán su espectacular rostro, su mirada profunda, su belleza casi maldita, casi perversa. Y los más jóvenes deberíamos ponernos a ver algunas de sus pelis de los 80´s, esas que la convirtieron en la actriz intelectual por excelencia del cine español, pero que al mismo tiempo le permitieron interpretar los personajes más rompedores.

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Mientras tanto en Baires… (Festivalitis aguda)

Desde el 24 de septiembre y hasta el 8 de octubre se está celebrando el VIII FIBA Festival Internacional de Buenos Aires, dedicado a las artes escénicas. La programación incluye 14 compañías extranjeras y 34 espectáculos locales -de los cuales 6 son estrenos-, y abarca 25 sedes distintas.

Por esta cita bianual han pasado los grandes innovadores del panorama actual del teatro y de la danza, posibilitando a los artistas locales una reflexión sobre su propia producción y dando al público porteño el placer de ver obras de gran calidad.


Angélica Liddell, representante española en el FIBA, con su provocador espectáculo “Yo no soy bonita”

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“Pina”: Danzad, danzad o estaréis perdidos

¿Empezar un espacio sobre teatro hablando de una película sobre danza? Sí, es posible si la peli es Pina, de Wim Wenders, el hombre que nos regaló algunas de las imágenes cinematográficas más poéticas de los 80.

Es posible también porque Pina Bausch, en su pensamiento escénico y en su trabajo con la compañía Tanztheater de Wuppertal, siempre ha excedido el universo de la danza para fundirlo con el del teatro, pero negándose a definir si lo que hacía era una u otra cosa:

Es una cuestión que no me planteo jamás. Trato de hablar de la vida, de las personas, de nosotros; y hay cosas que no pueden decirse con una cierta tradición de danza; la realidad no puede siempre ser danzada: no sería eficaz ni creíble”.

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Un deseo

No soy supersticiosa. Nunca espero que un sapo se convierta en príncipe, porque en general creo que los sapos son más interesantes que los príncipes. Quiero creer que no soy la típica turista que tira una moneda en la fuente de deseos o da tres saltos sobre una baldosa porque trae suerte. Sin embargo, hace un par de Nocheviejas o tres -no se cómo ni con qué pretexto- terminamos con una amiga en Estambul, más exactamente en Santa Sofia -Aya Sofia, la casa de la sabiduría divina-, justo enfrente de una cola de turistas. Todos esperaban apoyar la mano en una columna con un agujero ridículo para, según la tradición, introducir un dedo en su interior haciendo girar la mano 360 grados mientras pedían un deseo. Íbamos a pasar completamente del asunto pero -ah, el humano instinto adquirido de la obediencia- de repente nos vimos formando la cola.

Fue todo muy rápido, enseguida llegó mi turno, metí el dedo, giré la mano y salí, pensando en lo próximo que quería hacer: volver al hamman. Mi amiga me preguntó qué deseo había pedido.

Me di cuenta de que con las prisas había seguido todo el ritual pero en realidad no había pedido nada. Y no es que no tuviera deseo/s, sino que en mis estrenados treintis estaba donde quería estar. En Estambul, sí, pero además viviendo en Madrid, la ciudad que había elegido, con quien yo había elegido, y trabajando en lo que me apasionaba: la gestión de artes escénicas. Había tomado la decisión de asumir mi desorden de personalidad múltiple y canalizarlo siendo freelance: es maravilloso reinventarte con cada nuevo trabajo. Entonces cada nuevo deseo deviene al ir cumpliendo otro más.

Tardé un poco más en poder encontrar la manera de compartir mis puntos de vista sobre lo que veía y disfrutaba desde este nuevo horizonte de posibilidades (otra característica humana: la necesidad de amplificación). La encontré en Twitter, pero soy argentina, y 140 caracteres se me quedan cortos. Por eso, y porque siempre voy al revés, ahora que esto de las bitácoras personales ya está muy visto y hasta los periódicos buscan excusas para cancelarlas, yo me hago un rinconcito para contar el teatro que veo.

Sepan disculpar si a veces exagero un poco o si se me escapan palabras que aquí ya no se usan, no es deformación profesional sino denominación de origen. Apaguen sus teléfonos móviles y disfruten del espectáculo.